En promedio solemos dedicar al trabajo más de la mitad del tiempo que pasamos despiertos y según algunos cálculos pasaremos una décima parte de nuestras vidas trabajando (aunque evidentemente esto es muy variable y probablemente en muchos casos la cifra sea mayor si tenemos en cuenta los trabajos no remunerados). No solo eso, en el contexto de las sociedades occidentales, el trabajo define gran parte de cómo somos percibidos y de forma muy frecuente cómo nos percibimos a nosotros mismos. Es habitual que se confunda, o que confundamos, el trabajar en o de algo, con el ser ese algo, estructurando nuestra identidad y la intención de nuestras acciones en torno a nuestro rol laboral. Todo ello se conjuga para que el trabajo sea una parte fundamental de nuestras vidas y que como tal tenga una profunda influencia sobre éstas, tanto positiva como negativa. Los logros profesionales nos pueden brindar grandes satisfacciones, pero las frustraciones, el estrés, las cargas excesivas o la incertidumbre pueden tener consecuencias nefastas sobre nuestra salud mental y física.

Una de estas consecuencias, que ha generado un creciente interés en años recientes por su frecuencia y visibilidad en aumento, es el síndrome de burnout, también conocido como síndrome del desgaste profesional. Conocer sus causas y el modo en que se expresa es fundamental, pues permite identificarlo a tiempo y actuar con la celeridad suficiente para minimizar sus graves consecuencias. Pero… ¿qué entendemos por burnout? Para conocer más a fondo este síndrome, le pedimos a uno de nuestros expertos, el Dr. Joaquín Mateu Mollá, docente del Grado en Psicología y el Máster Oficial en Gerontología y ACP de VIU, que nos explicara sus detalles y particularidades. El Dr. Mateu Mollá es doctor en Psicología Clínica y de la Salud, fundador del Instituto Valenciano de Psicología Sanitaria, investigador en Consorcio Hospital General Universitario de Valencia (Neurología, Nefrología, Cardiología, Psicología Clínica y Cirugía Digestiva) y miembro de los grupos de investigación PSIPOFDE y GI-SAPS de la Universidad Internacional de Valencia, además de la red de investigadores internacionales ITLAS.

¿Qué es el burnout?

El burnout es un síndrome complejo que describe el estrés patológico (distrés) en el ámbito del trabajo. La mayoría de las personas que lo sufren tardan muchísimo tiempo en detectarlo, pudiendo pasar inadvertido hasta el momento en que su efecto sobre cuerpo y mente es ineludible. Cuando se instala definitivamente puede dar lugar a una serie de problemas de salud mental que revisten entidad clínica, como la depresión mayor o los trastornos de ansiedad, requiriéndose tratamiento especializado. En este artículo profundizaremos en los indicios sugerentes de burnout, de manera que sea posible desplegar estrategias de afrontamiento eficaces y evitar su progresión.

Uno de los primeros síntomas de burnout consiste en una sensación dolorosa y profunda de agotamiento emocional. Puede expresarse en forma de fatiga física y mental, o como síntomas difusos de dolor ubicados en diferentes zonas del cuerpo (especialmente en la cabeza y la espalda). También es frecuente que se vea comprometida la motivación por acudir al trabajo, aumentando el riesgo de absentismo y de erosión del rendimiento. En tal contexto, la persona refiere sentirse atrapada o desesperanzada, arrastrando la mayoría de los días una tristeza difícil de expresar. En algunos casos opta incluso por ocultar sus emociones y abordar sus responsabilidades como si de un autómata se tratara, sobre todo si existen responsabilidades (hijos, hipoteca, etc.) imposibles de eludir. Con el paso del tiempo el empleo acabaría perdiendo las propiedades reforzantes que pudo haber tenido en el pasado, convirtiéndose simplemente en un medio a través del cual subsistir.

Como podemos imaginar, también es frecuente que surja la imperiosa sensación de no sentirnos realizados como individuos. Esto es, dejamos de percibir que el trabajo aporte valor a la construcción de nuestras metas/objetivos, desligándolo por completo del plan de vida. Este hecho supone una disonancia cognitiva muy pronunciada, puesto que estamos dedicándole una gran cantidad de recursos mientras ostentamos la creencia de que jamás nos conducirá a un lugar en que podamos ser felices. La necesidad de mantener el trabajo convive entonces con el deseo de abandonarlo, dos escenarios afectivamente incompatibles cuya cohabitación precipita un cuestionamiento constante de lo que hacemos con nuestro valioso tiempo. Por supuesto, esta vivencia se acaba inmiscuyendo en la propia autoestima, degradándola poco a poco y abonando el terreno para problemas graves de salud mental.

Un último signo de alarma lo encontraríamos en lo que se conoce como despersonalización. La despersonalización se expresa como un trato inadecuado hacia quienes se relacionan con nosotros en el contexto laboral; como pudieran ser los compañeros, los clientes o los proveedores. Predominarían aquí interacciones fundamentadas en la indiferencia o la abierta hostilidad, la dejación de responsabilidades para con los demás e incluso el sabotaje de los vínculos que hubieran podido fraguar hasta ese momento. En los casos más graves, quienes sufren burnout pueden incurrir en conductas francamente desagradables, que estimulan el rechazo del entorno social y ahondan en la “herida emocional” que se halla a la base de todo. Aunque pudiera parecer paradójico, acaban aislándose y perdiendo la oportunidad de recibir ayuda y apoyo, algo que podría haber resonado positivamente en su salud psicológica.

¿Cuáles son las causas del burnout?

Las causas del burnout pueden ser diversas, aunque se reducen en esencia a tres áreas: las condiciones del trabajo, las relaciones sociales y la conciliación de la vida personal o familiar. Aunque todas tienen severas consecuencias por separado, su efecto se acentúa cuando se combinan.

Uno de los potenciales motivos que refieren quienes lo sufren es la exposición a cargas de trabajo excesivas, valoradas como desbordantes en contraste con los recursos percibidos como disponibles. También es común que se identifiquen incompatibilidades entre las funciones que se desempeñan dentro de las atribuciones del puesto, de manera que las tareas se presenten como contradictorias o mutuamente excluyentes (si se hace una correctamente la otra se ve perjudicada, por ejemplo). En el caso de que los procedimientos no se definan con la nitidez suficiente, y que por tanto predomine cierta ambigüedad a la hora de tomar decisiones cruciales, también aumenta dramáticamente el riesgo de burnout. A todo lo dicho habría que sumar la peligrosidad inherente al trabajo, la presencia de condiciones climáticas extremas (calor y frío) o el potencial impacto de los errores y desaciertos. La presión excesiva, que vaticina consecuencias catastróficas o irresolubles ante un eventual fallo de cálculo o de ejecución, es especialmente importante como factor explicativo de esta forma de estrés.

En cuanto a las relaciones sociales, sabemos que el acoso laboral (o mobbing) es una de las causas más comunes de burnout. Situaciones tales como las burlas, el aislamiento, la degradación de responsabilidades, la distribución injusta de tareas, la difusión de falsos rumores o incluso los actos de violencia explícita (psíquica, física y sexual); son suficientes por sí mismos para conducir a la persona a una situación de estrés insuperable. Todo ello se acentúa ante la posibilidad de que existan compañeros que simplemente ignoren estas injusticias, algo que suele percibirse como una aprobación tácita de las mismas. En los últimos años, las formas de interacción subsumidas en el concepto de mobbing han despertado mucho interés en la comunidad científica, ya que pueden precipitar trastornos adaptativos que cursan con síntomas de ansiedad y/o depresión.

Por último, la dificultad para compatibilizar el trabajo con otras facetas relevantes de la vida, como la familia o el ocio personal, puede contribuir de forma muy significativa al burnout. Esto es especialmente notorio en el momento en que la inversión de tiempo o esfuerzo en las responsabilidades laborales impide que pueda hacerse lo propio con los seres queridos, pues se llega agotado al final del día o sin interés por entablar relaciones con los demás. Este hecho no solo resiente a la propia persona, sino a su entorno inmediato, promoviendo fricciones difíciles de resolver y que pueden desembocar en conflictos duraderos. En los casos más graves podemos sentir que quedamos al margen de las dinámicas familiares, como una nota discordante en el pentagrama de la convivencia.

¿Qué podemos hacer para lidiar con el burnout?

Lo primero que debemos tener en cuenta es que, si percibimos que la situación excede nuestras capacidades de afrontamiento, la consulta con un profesional de la Psicología puede ser una total prioridad. La información proporcionada puede servirnos como referencia para saber cuál es nuestra situación y tomar la mejor decisión para un correcto autocuidado. Además, también existen recomendaciones para quienes se sienten en especial riesgo de padecer burnout en algún momento relativamente cercano, que procedemos a detallar. Los ejes de actuación tienen cuatro niveles bien diferenciados: perfeccionismo u ordenación de prioridades, organización del trabajo, atención a la vida familiar y autocuidado del cuerpo-mente. Veámoslos.

Perfeccionismo u ordenación de prioridades: A veces las personas asumimos más responsabilidades de las que somos capaces de procesar en un determinado momento, pues albergamos el deseo de satisfacer nuestras propias expectativas y/o las de los demás. En los casos más extremos se trata de un perfeccionismo desproporcionado que se erige sobre una escasa autoconciencia de nuestros límites saludables, y que nos empuja a dar siempre mucho más de lo que nos es posible. Por supuesto, también implica ciertas dificultades para pedir ayuda, puesto que esta llega a interpretarse como un gesto sugerente de debilidad. Ser conscientes de estas autoimposiciones inflexibles y tratarnos de modo más compasivo, como si fuéramos nuestros mejores amigos, puede protegernos ante los efectos deletéreos del estrés laboral.

Organización del trabajo: Las empresas e instituciones donde la jerarquía resulta muy rígida, o donde no existe una óptima comunicación vertical, pueden contribuir al riesgo de burnout entre sus empleados. En tal sentido, es importante promover el desarrollo profesional y personal dentro de la propia empresa, así como proporcionar feedback sobre los aspectos positivos y negativos del rendimiento de los trabajadores. Otro matiz fundamental implica la ordenación armónica de tareas, la búsqueda de su mutua compatibilidad y la definición de las demandas exigibles a cada puesto. Diferenciar lo que reviste urgencia de lo que pudiera ser demorado es clave, pues permite organizar el esfuerzo y optimizar los tiempos. Además, es elemental facilitar pausas periódicamente, de manera que se pueda “desconectar” durante algunos minutos en caso de necesitarlo (descansos cuyo objetivo no sea únicamente cubrir las necesidades fisiológicas más inmediatas).

Atención a la vida familiar: Algo muy importante, y que con frecuencia se relega a un segundo plano cuando nos sentimos tristes y/o ansiosos, es dedicar tiempo a realizar actividades que valoramos como gratificantes. Es esencial disponer de tiempo para el ocio dentro de nuestras rutinas diarias, tanto en soledad como en compañía de otras personas a las que valoramos. A medida que se consolida este síndrome de burnout podemos desatender las necesidades de la familia o de los amigos, así como las nuestras propias, por lo que debemos buscar oportunidades para compartir momentos de esparcimiento y distensión. Algunas personas profundamente dependientes del trabajo pueden percibir los periodos de descanso como inútiles, pero en realidad son necesarios para velar por nuestra salud física y mental.

Autocuidado del cuerpo-mente: Para acabar con las recomendaciones, abundaremos en algo que parece obvio (aunque solemos olvidarlo con frecuencia): hay que cuidar nuestro cuerpo. Dormir las horas necesarias para sentirnos descansados (las cuales dependen de cada uno), seguir una alimentación regular y equilibrada o practicar ejercicio son hábitos saludables que debemos integrar armónicamente en nuestra cotidianidad. También la mente requiere de cuidados, tales como los referidos momentos de respiro o la práctica de distintas estrategias de relajación. La meditación o la respiración profunda ayudan a regular los cambios fisiológicos motivados por el estrés y a encontrar una perspectiva más sosegada en el momento de afrontar los pequeños y grandes retos de nuestra vida.